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No todo lo que brilla es oro

Por naturaleza todo lo que tiene brillo atrae, aunque puede ser engañoso y darnos un mal rato. Por eso, a veces hay que experimentar para saber que no todo lo que brilla es oro.

Jacinto era un joven apegado a su familia. En especial disfrutaba de la compañía de su papá, pocas cosas había en las que no estuviera de acuerdo con él. Si acaso en lo único que no estaba de acuerdo con su padre era en la costumbre que este tenía de pronunciar muchos dichos populares, en especial cuando quería darle lecciones de vida a través de ellos.

"Como dice el dicho Jacinto... Acuérdate que..." Las palabras de su padre le retumbaban en su cabeza al grado de que siempre se había preguntado de dónde saldrían tantos dichos. Es más, se preguntaba si tendrían algo de cierto y en qué se podrían relacionar con él, un muchacho inteligente, fuerte y con una gran visión de la vida.

Pasó el tiempo y un día, cansado de la pobreza en que vivía, Jacinto abandonó aquel pueblo de unas cuantas casas con la idea de llegar a Estados Unidos. Su padre, con una gran tristeza que intentaba disimular, le dio un fuerte abrazo y un último consejo:

-Vete con cuidado Jacinto, recuerda que "no todo lo que brilla es oro".

Con esa audacia que da la juventud, Jacinto sonrió y le dijo a su padre:

-No te preocupes papá, tú sabes que soy muy abusado y nadie me engaña.

Después de una osada travesía por inhóspitos caminos, cruzando la frontera de México con Estados Unidos, Jacinto arribó a Los Ángeles. Consiguió un trabajo en el cual duró poco y pronto pasó a engrosar las estadísticas de desempleados. Eso no era un obstáculo para Jacinto, osado como era, decidió dedicarse a vender. Después de informarse como funcionaba el negocio, se encontró a sí mismo vendiendo helados por las calles con gran éxito; en realidad, disfrutaba ser vendedor.

El sol brillaba en total esplendor, era uno de esos días de verano en que el calor hacia sudar a más no poder. Jacinto caminaba con gran entusiasmo; como vendedor de helados, este era un magnífico día para intentar ganar dinero.

Las campanitas del carrito de helados sonaban llamando la atención de los pequeñines, quienes salían corriendo con su billete de un dólar en la mano para comprar su refrescante paleta.

-Cuantas, cuantas -gritaba Jacinto. No cabía duda que ese seria un magnífico día.

Al dar vuelta en una esquina, Jacinto se encontró con una señora, un poco entrada en años, quien de su bolsa sacaba unas cuantas joyas tratado de venderlas a quien encontraba a su paso.

-¡Señor, señor, ayúdeme, por favor! -decía la señora, a su vez que secaba unas lágrimas de su rostro.

-Mi esposo ha fallecido, necesito mandar su cuerpo a México para darle cristiana sepultura. Por favor, esto es todo lo que tengo y necesito juntar el dinero.

Jacinto, que era un jovencito de noble corazón, se compadeció de esas lágrimas que caían confundiéndose con el sudor que el calor provocaba en esa señora.

-¿En cuánto las vende? -preguntó Jacinto.

-Mira, esta cadenita vale como quinientos dólares, pero solo quiero 150 porque me urge venderla. Es oro puro, mírala -decía la mujer mientras tallaba la cadena con un cuchillo tratando de demostrar que lo que decía era cierto.

Jacinto metió la mano en sus bolsillos y con tristeza notó que apenas tenía ochenta dólares, no era suficiente; amablemente le dijo a la señora que le permitiera seguir vendiendo y que a la vuelta se la compraría.

-Anda ve, y lo que juntes me lo traes, yo te haré un descuento.

Jacinto siguió vendiendo con más entusiasmo, sus ganas de ayudar a esa pobre señora necesitada le daban fuerzas para intentar vender un poco más.

Por fin regresó hacia donde se encontraba la señora con apenas 120 dólares en su bolsillo.

-Perdone, señora, pero no la puedo ayudar, no he podido juntar más de 120 dólares, yo no me quiero aprovechar de usted.

-No te preocupes -dijo la señora, con un brillo en sus ojos que a los ojos de Jacinto pasó desapercibido, o quizás no quiso ver-. Te la voy a dar en los 120 dólares. Es más, te voy a regalar esta medallita de la Virgen de Guadalupe para que te cuide por ser tan buena persona.

Jacinto prosiguió su venta, con la satisfacción de haber ayudado a esa persona que de repente desapareció de su vista. Con gran alegría colgó en su cuello la cadenita con la medallita de la Virgen. Se sentía satisfecho, pues había hecho una buena obra, además de, según él, un gran negocio, pues había obtenido una ganga.

A la mañana siguiente, después de tomar un baño, Jacinto recordó a su papá y pasó por su cabeza el refrán que un día le dijo: "no todo lo que brilla es oro". Tal vez era porque con gran tristeza notó que su cadenita, al igual que su medalla, tomaba un color a fierro colado. Sí, era verdad, un día antes, la cadenita tenia mucho brillo, pero de oro nada.

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