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Si Muero Lejos de Ti: El tamaño del miedo

Una presidencia mexicana priísta oculta tras un muro de acero, temerosa de sus gobernados, está por retomar las riendas del país que soltó durante doce años.

1. La alfombra de bienvenida bajaba por la escalinata del Palacio Legislativo de San Lázaro. Frente al mural de José Chávez Morado que corona la entrada principal del recinto -una enorme pieza verde con el escudo nacional mexicano en dorado- el camino desde la puerta de ingreso protegida por una ligera línea de cercas de metal era flanqueado por edecanes en traje sastre y por guardias de seguridad. Uno a uno fueron entrando: Madeleine Albright, secretaria de Estado de Estados Unidos; Lech Walesa, ex presidente de Polonia; el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón; el presidente venezolano Hugo Chávez, o el entonces presidente cubano Fidel Castro.

Era el primero de diciembre del año 2000 y México se encontraba de fiesta. Por primera vez en 71 años, el gobierno de este país conocía la alternancia. Vicente Fox, candidato por el Partido Acción Nacional (PAN) a la presidencia, había logrado derrotar al régimen priísta a través de una mezcla de irreverencia y esperanza que arrasó con los esquemas probados de sexenios anteriores. El mundo celebraba con mi país la inminente llegada de un futuro mejor: democrático, vibrante, armónico plural.
Sobre la avenida Congreso de la Unión, parte de una larga vía que cruza la ciudad de sur a norte, entraban los autos que llevaban a los dignatarios invitados de otros países y a las personalidades políticas del ámbito nacional. Uno a uno se bajaban frente a la sede legislativa, cruzaban la reja a pie, y subían por la alfombra de bienvenida de la escalinata, saludando a su paso, sonriendo a las cámaras. Todo era promesa y excitación.

2. Un cerco de placas de metal de más de dos metros de altura, una junto a otra, pesadas, violentas, rodeó San Lázaro en un perímetro que incluía dos cuadras a la redonda y 23 puestos de revisión. Lejos estaban la alfombra roja, las sonrisas, la esperanza. Era 20 de noviembre de 2006 y en el Zócalo capitalino el ex candidato a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, se proclamaba presidente legítimo de México en un acto que desafiaba el resultado del Tribunal Electoral que dio por vencedor en la elección de julio de ese año a Felipe Calderón. Con medio punto porcentual de ventaja sobre su contrincante, Calderón, su equipo y su partido, el PAN, hacían los preparativos para su toma de posesión el 1 de diciembre.

Las planchas metálicas, que recordaban el muro construido en la frontera entre México y Estados Unidos, separaban a los ciudadanos, a los vecinos, a la gente común y corriente de lo que ocurriría adentro del recinto legislativo. Los diputados opositores a Calderón tomaron la tribuna en donde éste tendría que jurar como presidente, obligándolo a entrar por la puerta de atrás como un delincuente, entre los gritos de "fraude" de la tercera parte de los legisladores y ante los ojos atónitos de los dignatarios que en esa ocasión -un número menor, o de menor rango que seis años antes- asistieron discretamente a la ceremonia. Sin alfombra roja, sin sonrisas, sin esperanza. Con la rabia de millones de mexicanos convencidos de que el presidente llegaba al gobierno sin legitimidad.

3. "Pase", me dijo el lunes pasado un policía abriendo una cerca de metal de un metro de altura, mientras yo avanzaba en un vehículo sobre la avenida Congreso de la Unión. Faltaban unas quince cuadras para llegar a mi destino y seis días para la toma de posesión del próximo presidente de México, el priísta Enrique Peña Nieto, a celebrarse el 1 de diciembre de 2012. El área parecía una zona de guerra. Mi credencial de prensa y un auto que aparentemente fue confundido con uno oficial, me permitieron el acceso a un área en la que nadie podía cruzar, salvo quienes vivían ahí; para ello deberían mostrar un comprobante de domicilio; entonces podrían pisar su calle y entrar a su hogar, me dijo el policía. Papelerías, panaderías, tiendas de abarrotes, pequeños negocios que viven al día, permanecían vacíos o cerrados ante la falta de circulación de vehículos y personas debido al cerco de seguridad.

Uno a uno, durante más de diez cruces de avenidas, me fueron abriendo el cerco, mientras a mi lado pasaban mujeres maduras cargando enormes hatos de flores desde el Mercado de Jamaica hasta una calle en donde pudieran encontrar el transporte público que habitualmente transita por la zona cerrada. Cuatro estaciones del Metro habían dejado de funcionar. En un punto más cercano a San Lázaro, lo que me cortó el paso no fue la cerca de metal, sino las enormes planchas de acero que recordaba del 2006: ahí estaban, en su lugar, en un perímetro de dos cuadras en torno al Palacio Legislativo. Más tarde me enteraría de que también se encontraba ahí 500 elementos del Estado Mayor Presidencial, el cuerpo de seguridad de la presidencia de México; 250 policías federales y casi medio centenar de agentes de seguridad privada a cargo del resguardo de la Cámara de Diputados. Un operativo de seguridad que supera por mucho los anteriores y que recuerda que de su tamaño, es el tamaño del miedo.

Doce años después de Fox y seis después de Calderón, mi país se desangra. Decenas de miles de muertos, un ambiente de triste resignación, y el regreso del PRI a la presidencia, son las piezas de una esperanza rota que bajo ninguna lógica embonan. La deteriorada imagen internacional de México por sus 60 mil muertos, 10 mil desaparecidos, decenas de periodistas amenazados y asesinados, y la absoluta, indignante, descarada impunidad, hacen que el entusiasmo que vimos hace doce años parezca un sueño lejano. Una ciudadanía rabiosa ha protestado por la invasión al espacio público por parte de quienes dejarán el poder y quienes lo van a recibir, una estampa simbólica de la lejanía de nuestros gobiernos con respecto a sus gobernados. Un país que aparentemente debe imponer un estado de sitio a quienes viven su vida cotidiana para dar continuidad a su vida institucional. Una autoridad cuestionada que no termina de entender qué está haciendo mal. Ese es el escenario en el que Peña Nieto tomará posesión este 1 de diciembre.

Al escribir estas líneas me entero de que algunas secciones de las vallas de metal han sido retiradas debido a las protestas conjuntas de ciudadanos y diputados -en 2006 no había llegado el "boom" de Twitter- y que las estaciones del Metro han sido abiertas otra vez. Pero el mensaje está enviado. Una presidencia mexicana priísta oculta tras un muro de acero, temerosa de sus gobernados, está por retomar las riendas del país que soltó durante doce años. Doce años durante los cuales el miedo y las vallas de metal se multiplicaron como el milagro de los peces y los panes.

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